sábado, enero 07, 2006

los saltos de esquí del uno de enero

En esa zona brumosa del cerebro en la que permanecen guardadas como defectuosas copias de seguridad del sistema los días 1 de enero de bastantes años de la vida de uno, puede encontrarse en el imaginario colectivo la sensación penetrante y aguda que acompaña a la siguiente asociación de ideas: saltos de esquí = resaca.

Este año, como algunos desde hace hace ya una temporada, he visto los saltos a trozos, completamente sobrio y despejado (es más, nos levantamos a las 10 de la mañana para ir a desayunar por ahí) y ansioso por revivir la magia de otros años, en los que, incrustado en el sofá, veía, como a cámara lenta, a unos tipos tirarse por una rampa y planear sobre la nieve de una forma extraña: las alas, en vez de salirles de los hombros, se hallaban en los pies. Sin dolor de cabeza ni sensación de oh-dios-otra-noche-absurda, debo decir que los saltos pierden mucho. Sin la boca pastosa y los párpados cerrándose continuamente como una trampa para osos, los saltos parecen una cosa fría, elegante pero sin vida, pulcra, exagerademente calculada.

Los momentos más gratificantes que recuerdo eran, cuando, por cualquier circunstancia absurda -un pie mal puesto, una pequeña corriente de aire imprevista, la nieve más blanda de lo debido- alguno de los participantes no terminaba de pie el recorrido. La sensación de irrealidad se acentuaba vigorosamente. Uno podía quedarse extasiado con las repeticiones del tortazo creyendo que eran varios golpes diferentes.

Mi recomendación para los programadores de televisión que los emiten sería que previamente dieran un aviso como éste: no vean este programa si han dormido correctamente, si no han dedicado la noche de fin de año a beber, a bailar y a hacer el idiota; no vean este programa si no están bajo los efectos de una resaca monumental, de una noche de más de cuatro horas; no vean este programa si su cabeza está lista para cosas más complicadas, porque, de lo contrario, sentirán una decepción imposible de explicar, algo equivalente a una pérdida de fe, algo relacionado con la pérdida de los tiempos en los que no importaba acostarse el uno de enero a las diez de la mañana y levantarse a las dos para comer, mientras el mundo parecía un objeto borroso, la familia un ejército de maniquíes extrañados, y la tele, oh la tele, el único lugar donde enfocar los ojos sin temor a quedarse ciego, observando los vuelos absurdos de unos tíos vestidos con algo parecido a un pijama, unas tablas en los pies y unas gafas como de piloto de aviación.

Me hubieran ahorrado la decepción, aunque últimamente hay pocas cosas que no me produzcan la misma sensación.